
Bilbao se fundó hace más de 700 años, en 1300, cuando Diego López de Haro V otorgó la carta puebla que dio origen a la villa. El núcleo primitivo se estableció en la margen derecha de la ría del Nervión, en lo que hoy conocemos como el Casco Viejo. En sus orígenes, Bilbao estaba separado en dos zonas atravesadas por la Ría: la izquierda, conocida como Bilbao la Vieja, zona minera donde se trabajaba el hierro; y la derecha, el Casco Viejo, basado en la actividad comercial y portuaria.
El Casco Viejo estaba amurallado y formado inicialmente por tres calles paralelas. Con el paso del tiempo, la muralla se derribó y surgieron cuatro calles más, naciendo así el concepto de las Siete Calles (Zazpi Kaleak), que hoy constituyen un conjunto declarado monumento histórico-artístico en su totalidad.
Recorrer las Siete Calles es adentrarse en la historia viva de Bilbao. Cada una lleva el nombre de los antiguos oficios y comercios de la zona:
La parte trasera de los edificios de Somera se integraba en la muralla que circunvalaba aquel primer Bilbao, y al final de la calle, próxima al Portal de Zamudio (antigua puerta de la muralla), se levantaba la torre de Domingo Ortiz de Zornoza, que con posterioridad se utilizaría de cárcel y Paso Real.
Construida en 1821, la Plaza Nueva es un centro neurálgico donde predominan los bares y restaurantes con llamativas barras de pintxos. De forma neoclásica y porticada, es el lugar de encuentro por excelencia para el txikiteo y el poteo. Bajo sus soportales se suceden las terrazas y tabernas centenarias, y los fines de semana acoge un mercado de coleccionismo.
Además de las Siete Calles, el Casco Viejo alberga auténticas joyas arquitectónicas:
Para recorrer como es debido el Casco Viejo hay que empezar por su entrada, desde el Arenal. Este gran espacio abierto dedicado al paseo y el ocio es donde nació la ciudad. El antiguo puerto se encontraba allí mismo, y gracias a él Bilbao abrió sus puertas a Europa y a los Reinos de Castilla y Aragón. Los jardines del Arenal poseen un encanto especial, con su kiosko musical desde donde se divisa la iglesia de San Nicolás y la fachada del icónico Teatro Arriaga.
En la margen izquierda de la ría se extiende Bilbao La Vieja, junto con San Francisco y Zabala. Este entramado de calles, que antaño fue una zona degradada, es hoy centro de diseño, punto de encuentro para disfrutar de pintxos y espacio de conciertos y arte urbano.
Hace unos años, el bajo precio de la vivienda en el barrio hizo que los artistas más bohemios instalaran en él sus estudios, dando lugar a un espacio creativo que también ha contribuido al renacer cultural de la zona. Abundan hoy estudios de diseño y galerías de arte alternativo como la Fundación Bilbao Arte, Espacio Avisal o SC Gallery. El arte se encuentra dentro y fuera de los edificios, con murales como el «Futurismo Primitivo» de Sixeart.
La música en directo la ponen lugares como la sala BilboRock, construida en una iglesia del siglo XVII, o la asociación cultural Rmo. Para una tarde de compras en tiendas de pequeños diseñadores con estilo alternativo, las calles Hernani, Lamana y Dos de mayo son parada obligada.
La ría del Nervión es el eje vertebrador de Bilbao, la columna vertebral que ha marcado su historia industrial y su transformación urbana. A lo largo de sus orillas se suceden puentes que cuentan diferentes épocas de la ciudad.
Es el puente más antiguo y venerado de Bilbao. El primero fue de madera, y tras el aguaduchu (riada) de 1380 se reconstruyó en piedra. Junto a la iglesia de San Antón, forma una de las estampas más icónicas de la villa.
Diseñado por Santiago Calatrava e inaugurado en 1997, este puente peatonal de arco blanco y pasarela de vidrio se ha convertido en otro de los símbolos del nuevo Bilbao. Su nombre significa «puente blanco» en euskera.
Obra del ingeniero Javier Manterola, este puente de acero conecta la zona de Abandoibarra con la margen izquierda. Su diseño recuerda a una viola de chelo y ofrece unas vistas espectaculares del Museo Guggenheim y el Palacio Euskalduna.
Este imponente puente de hormigón, que data de 1972, es la principal entrada a Bilbao desde el oeste. En 2007, el artista Daniel Buren instaló sobre él la intervención escultórica Arcos rojos / Arku Gorriak, integrándolo de forma espectacular en el paisaje del Museo Guggenheim. Bajo el puente discurre la sala 104 del museo, que alberga la instalación de Richard Serra «La materia del tiempo».
La transformación de Bilbao en las últimas décadas ha sido un modelo de regeneración urbana estudiado en todo el mundo como el «efecto Guggenheim» o «modelo Bilbao». Varios arquitectos de prestigio internacional (muchos de ellos premios Pritzker) han dejado su huella en la ciudad.
Obra del arquitecto canadiense-americano Frank Gehry, el Museo Guggenheim Bilbao representa un magnífico ejemplo de la arquitectura más vanguardista del siglo XX. Con 24.000 m² de superficie, de los que 11.000 están destinados a espacio expositivo, el edificio representa un hito arquitectónico por su audaz configuración y su diseño innovador, conformando un seductor telón de fondo para el arte que en él se exhibe.
El emplazamiento elegido, en una curva de un antiguo muelle de uso portuario e industrial, supuso la recuperación de la ría del Nervión para la ciudad y su reurbanización para la cultura y el ocio. Para la piel exterior del edificio, Gehry eligió el titanio, con cerca de 33.000 finísimas planchas que consiguen un efecto rugoso y orgánico, cambiando de tonalidad según la atmósfera reinante. Los otros dos materiales empleados, piedra caliza y vidrio, armonizan perfectamente.
El exterior del Museo sirve también para la exhibición artística, albergando piezas de creadores como Louise Bourgeois (su célebre araña «Maman»), Eduardo Chillida, Yves Klein, Jeff Koons (el inseparable «Puppy» floral) o Fujiko Nakaya.
Construido sobre los antiguos astilleros Euskalduna, este palacio de congresos y de la música tiene una forma que evoca a un barco en construcción, homenajeando así el pasado industrial del emplazamiento. Es la sede de la Orquesta Sinfónica de Bilbao.
Dos torres gemelas de 83 metros de altura diseñadas por el arquitecto japonés Arata Isozaki (premio Pritzker 2019), situadas en la zona de Abandoibarra. Albergan viviendas de lujo, oficinas y locales comerciales.
Con 165 metros de altura y 41 plantas, es el rascacielos más alto del País Vasco y el edificio emblemático de la sede de Iberdrola. Diseñada por el arquitecto argentino César Pelli (Pritzker 1995), su silueta acristalada se ha convertido en un nuevo hito en el skyline de Bilbao.
El arquitecto portugués Álvaro Siza (Pritzker 1992) diseñó este edificio de líneas blancas y puras para la Universidad del País Vasco en el barrio de Abandoibarra.
Las bocas de acceso al Metro de Bilbao, diseñadas por Norman Foster (Pritzker 1999), son conocidas popularmente como «fosteritos». Estas estructuras acristaladas, con forma de tubo que emerge del suelo, se han convertido en otro icono del nuevo Bilbao.
La antigua alhóndiga (almacén de vino) de Bilbao, un edificio de 1909, fue rehabilitada por el diseñador francés Philippe Starck para convertirla en un centro cultural y de ocio. Su interior sorprende con 43 columnas de diferentes estilos y un patio interior con piscina.
El parque más céntrico y emblemático de Bilbao, inaugurado en 1907. Con su estanque de patos, sus jardines románticos y sus paseos arbolados, es el lugar favorito de las familias bilbaínas.
Ubicado en lo alto de una colina, este parque ofrece unas vistas magníficas de la ciudad. Su elemento más característico es la chimenea de la antigua fundición, conservada como testimonio del pasado industrial de la zona.
El funicular de Artxanda sube en apenas tres minutos hasta el monte Artxanda, desde donde se obtienen las mejores vistas panorámicas de Bilbao. Arriba hay zonas verdes, restaurantes y un hotel, perfectos para disfrutar de la puesta de sol sobre la ciudad.
Bilbao ofrece una rica oferta cultural que va mucho más allá de su museo estrella:
A pocos kilómetros de la ciudad merece la pena visitar: